La Carretera

The Road, by Cormac McCarthyLa mayor parte de las veces contemplo el apocalipsis con el regocijo de quien se encuentra su videoclip jebi favorito en VH1. “Eh, mira, el apocalipsis. Qué divertido, vamos a verlo un rato!”

Siendo un género que a menudo se manifiesta bajo los formatos más frívolos, y al igual que el chocolate, el sexo y la carne cruda, el sistema nos empuja a disfrutarlo a lo loco y sin pensar. Al cabo del tiempo uno pierde la sensibilidad. Después de todo es tan… aventurero; un nuevo comienzo, tiendas vacías para ser saqueadas, armas para todo el mundo. Y todo ese óxido y decadencia tan gratos a nuestros ojos.

Sin duda, la cosa mola.

Pero no es verdad. La industria ha despojado al apocalipsis de sus valores fundamentales, y lo ha aguado para acomodarlo al insensato paladar de las masas. ¡Se trata del fin de la humanidad, por el amor de Dios! No debería entretener sino ser temido. Yo mismo acariciaba la idea del colapso de la civilización con algo que se parece al cariño. Y hasta hace relativamente poco, las visiones que proyectaba se parecían más a una escena de Mad Max que a Hiroshima’45. Ni siquiera Children of Men, que comparada con, pongamos, 28 Días Después convierte a esta en un episodio de Alvin y las Ardillas, consiguió transmitirme lo necesario para temer y respetar la forma de lo que está por venir.

La novela que me puso en mi sitio fue The Road. Un libro que habla del Apocalipsis. No de este, ni de aquel, ni del apocalipsis de más allá. Me refiero al final de todo. Al final del mundo, de las personas, de la esperanza, de la naturaleza;al final de los colores y del significado de las cosas y de las palabras que les dan nombre y al inicio de la más absoluta de las entropías.

Me topé con The Road a través de alguno de mis tuneados feeds de noticias allá por Febrero. La novela acababa de ganar el Pulitzer, y sólo por lo exótico -no es que el género cotice demasiado alto en las esferas de la crítica- me llamó la atención. Al no haber una edición española, acabé dando con un PDF de la versión inglesa que procedí a imprimir en cómodos folios con clip. Y durante quince días, quince, diccionario en mano, permanecí pegado a ellos cual polilla a un flexo.

No es mi intención hacer crítica literaria Qué demonios. Es difícil de leer. Es largo. Puede llegar a ser pedante. Pero créanme, todo eso da lo mismo porque es una jodida maravilla. El punto de partida: un padre, un hijo, una pistola con dos balas y la carretera. Lo que sigue a partir de aquí es un recorrido descarnado y alucinante por una Norteamérica muerta. Sin ser una narración cinematográfica, quien aprecie las road movies, el cine de Michael Haneke o un cómic tan referencial como El Lobo y Su Cachorro encontrará elementos afines. Pero lo cierto es que nada que haya leído antes se parece a esto.

Me convertí en uno más del viaje (típico, eh? son ustedes unos listillos…). La inmersión en el horror era tal que cada madrugada con el libro entre las manos se convertía en una batalla perdida por el sueño. Mi imaginación reaccionaba a cada nuevo párrafo proyectando una pesadillesca sesión de VJing contra mi cerebro hasta altas horas de la madrugada. Algo se agarraba a la base de mi estómago y me obligaba a reconsiderar cosas nuevas, horripilantes posibilidades que nadie había escupido, hasta entonces, directamente a mi alma. Los pasajes más horribles de mi lectura se correspondían con los más verosímiles. Y finalmente desaparecí en una nube de ceniza gris para salir con mis órganos internos secos como ciruelas pasas y una renovada visión del fin de los tiempos.

Cormac McCarthy tiene 84 años, dicen que es el Faulkner de nuestro tiempo, es de Providence, Rhode Island -n’gaï- y sólo ha concedido dos entrevistas en su carrera de cuatro décadas, una de ellas hace dos semanas en el programa de Oprah Winfrey. Si la encuentran por ahí, avisen.

The Road conocerá una traducción al castellano en Septiembre de este año de la mano de Mondadori. Están advertidos. No pierdan el tiempo.


¿Qué es esto?